“Cuando inicié el viaje por el amor, la locura y la muerte, subí al campanario. Desde allí, donde la vista omnisciente, me despedí de los amigos y, como no tenía familia alguna, la cosa fue más llevadera. Al menos eso creí al principio. El paso por el amor fue tan fugaz que cuando me quise dar cuenta mi compañera se había desvanecido en aquella nube gris. Luego sobrevino la locura, y deambulé por los caminos inciertos de los excesos. Cuando, por fin, abandoné las drogas sobrevino el primer infarto. Y no llegué al tercero. Por eso estoy ahora en este campanario, desde donde diviso un trozo de mar que habla de esperanza y anhelo. Abajo, la gente sigue su vida. Y yo, aquí, en lo alto, solo imagino la que tuve. Y como la memoria es un misterio ni siquiera recuerdo bien cómo transcurrió mi existencia. Acaso me la estoy inventando. Será mejor que no me crean. Deben ser las tonturas de la altura. O del hartazgo, vaya usted a saber.”



























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