Una carcajada estática, a mandíbula batiente, la mantenía impasible mientras los brochazos pasaban a lo largo de sus pronunciados pómulos. Una felicidad inusitada floreció en ella al recibir los rayos ardientes del foco que la iluminaba mientras las suaves fibras de aquel pincel, sobre su cara, la despertaban de un dulce y largo letargo.
Bajo aquella luz el tiempo pasaba de manera lenta e inexorable.
Maravillada, en la oscuridad de su mundo, veía con asombro con qué paciencia y profesionalidad mimaban, con tanta delicadeza, su rostro y su amplia frente. Un manso cosquilleo, casi eterno, disfrutaba con deleite.
Al fin, sale al escenario.
El carbono 14 la lanzará a ese estrellato que da el ser expuesta en una vitrina.






























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