La ermita de Las Chorreras, barrio aruquense, se ubica en una loma del camino, donde su presencia luce más erguida. Al lado, un pequeño parque que proyecta una mirada al norte de la isla perdida en el mar. A finales del verano extiende una sombra enorme sobre sus vecinos, pero no con el deseo de apagar el día, sino con el ánimo de ofrecer frescura y lentitud a los que por allí viven y pasan. El viajero la disfruta casi todos los días y todavía no ha logrado verla abierta. Tiene una belleza extraña la ermita, pero cumple su función en estos tiempos de ahora. Siempre es un punto de encuentro y de partida y, desde su sombra veraniega, ofrece al visitante ocasional unas escaleras donde sentarse y donde charlar detenidamente. Y eso ahora es todo un lujo.




























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