Las rendijas de la vida, nueva publicación de Juan Ferrera Gil
Nunca está de más reflexionar sobre los procesos de escritura y de otros asuntos anexos que ocupan y preocupan a quienes dedican su actividad y, muchas veces, hasta su vida a la palabra escrita. Cuando alguien publica un texto de cualquier naturaleza no le queda más remedio que someterse al juicio de los lectores. Otra cosa bien distinta es que el enjuiciamiento de su obra sea o no de su agrado. Pero la labor de reflexionar sobre lo que se escribe y se publica no debería ser de interés solamente de los escritores, críticos, expertos literarios, editores, etc.; la palabra escrita, como principal patrimonio de la sociedad, debiera ser de interés general pues en todo acto creativo (y la escritura lo es por antonomasia) se nos muestra el sujeto creador con su visión del mundo en estado puro, pero también con sus aciertos y desaciertos; con sus temores, grandezas y flaquezas y, por supuesto, con su ego expuesto a corazón abierto ofreciendo una propuesta a los lectores para mantener un diálogo.
Con el hermoso título de Las rendijas de la vida, Juan Ferrera Gil acaba de publicar un nuevo libro que, en 168 páginas, contiene un ramillete de 59 pequeños relatos que se cruzaron con el autor en su intensa trayectoria vital dilatada en el tiempo. El libro, editado por la tinerfeña Diego Pun Eds. (2019), con prólogo de Eduardo Rodríguez Abad, ofrece igualmente una presentación esmerada, con letra legible para vistas cansadas y una bien cuidada portada y contraportada que lo hacen atractivo dentro del actual panorama bibliográfico regional que pasa ciertamente por un momento de plena ebullición. Juan Ferrera escribe aquí como si pensara en voz alta, cuando descubre algo nuevo para sí mismo cada día. Y relato tras relato, escribiendo esmeradamente esas microutopías cotidianas, llega un momento en que nuestro autor acumula ya un estilo propio donde se palpa la alegría de narrar por narrar tan próxima a la de un escritor nada sospechoso de que no tiene temas que contar. ¿Cuentos, microcuentos, pequeños relatos? Pienso que este libro se puede clasificar dentro de un género indefinido, ambiguo, de relatos, de ficciones, autobiográfico, de contenidos varios y de pequeños ensayos o crónicas cotidianas que se disparan en múltiples direcciones. Obviamente el autor es libre de tomar la palabra en el sentido que mejor lo crea conveniente. En cualquier caso, es oportuno afirmar que los relatos de este tipo son más esenciales que nunca en un presente tan caótico, los necesitamos para entender qué ha sucedido y que está sucediendo. Las rendijas de la vida cumple con ese objetivo.
A mi juicio, habitualmente torpe, la grandeza de Las rendijas de la vida reside en el uso de una prosa fluida, correcta, amena, cercana y respetuosa con la cual el autor se acerca a la gente corriente describiéndola con arte pero también con una delicadeza y ternura inusuales en tiempos de imposturas y de giros inesperados. JFG, inmerso en ese mundo desprovisto de solemnidad, nos ofrece su particular visión entre nostálgica y complaciente de tenderos, de vecinos, de hermanos y padres, de sus tías Ana y Lola, del entrañable profesor Rebollo, de valerosos ciudadanos pero sin historias épicas; en suma, de aquella clase media a caballo entre lo rural y urbano surgida a finales de los años cincuenta que desarrollaron su sosegada existencia en las siguientes décadas hasta el tardofranquismo y la transición, y que, silenciosamente, configuró un tipo de sociedad expectante pero respetable e irrepetible que es en definitiva la que ha sacado al país adelante. Y todo ello lo hace JFG con un estilo sencillo, claro, directo, impecable,… pero a la vez culto y preocupado, por llegar más allá del oficio hacia la belleza literaria obsesivamente respetuosa con el lector. La de JFG es una voz susurrante, sorprendente, que rehúye el aspaviento y la pedantería para transmitir su visión sincera y limpia del que mira con interés y ternura todo lo que le rodea: las cosas que sucedieron en su infancia y adolescencia, los hechos aparentemente intrascendentes que siguen sucediendo en su entorno más próximo, la vida propia con toda su complejidad y con todas sus contradicciones, con las predecibles sorpresas que se desprenden de la cotidianeidad mezquina de momentos gozosos y pródiga en sentimientos positivos y negativos como la soledad, el dolor de las ausencias, el valor de la continuidad de la vida como esperanza en sí misma, la necesidad de la palabra o la imparable evolución que determina el paso del tiempo imponiendo cambios (a veces indeseados) en el paisaje y el paisanaje. Las Canteras, la añorada Laguna de ayer y de hoy, las plazas de Santa Ana y de Las Ranas, las migraciones a Cuba y Venezuela, aquel segundo de primaria en el antiguo Colegio de La Salle con el recordado Don José González, las azoteas, la dulcería-heladería, la abuelidad, la calle de Los López y la Acequia Alta, el Cine Viejo, las relaciones de vecindad, los Hermanos Millares Cubas, las casas del casco, el ‘pistoso’ o neopresuntuoso del Casino, La Sociedad Atlántica y las Salas de Fiestas de Quintanilla y La Sirena, las Burbujas Musicales, los que se marcharon a vivir a la capital, el rojo-izquierdoso como estigma social, la viudedad/soledad/soltería, las personas raras, las relaciones humanas sospechosas y las habladurías (“Que en las lenguas de Arucas te veas”), la nostalgia de las ausencias, presencias, olvidados, olvidos, rupturas y memorias, la tiendadelportugués, establecimientos de tejidos, la muerte prematura, la nostalgia del pasado, los criadores de gallinas y gallos, el repartidor de Clipper, macánicos, costureras, zapateros, la-familia-ordenada-y- católica “como debe ser”, libros, lecturas, poetas, la editorial Reno, bienmesabe.org, historias en el Guiniguada, Machado, Carmen Laforet, J.L. Marrero, A. Ravelo, J.L. Correa, Los Sabandeños, J. Oramas, A. Lozano, Pepa Aurora, Juan Cruz, Cervantes, la educación sentimental a base de boleros-de-los-panchos,…
Gracias Juan por el buen rato que he pasado leyéndote.



























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