Las majaderías
Si continuamos con la actualidad política, cabe hacerse eco del último mensaje del líder de Cs. Tras un periodo de silencio, cuando todo el mundo pensaba que estaba forjando su papel de líder de la oposición, va y sale, sorprendiendo a propios y extraños, con una nueva propuesta. Adopta, el señor Rivera, ese papel de solventar entuertos. En el caso que nos ocupa, se trata de evitar un nuevo encuentro con las urnas. No es porque en su papel de hombre de Estado, le preocupe la repetición electoral, con lo que supone no solo para el erario sino para la credibilidad del propio sistema. Su problema es más prosaico. Está relacionado con las encuestas. Y cuando estas son un problema, ya se sabe, es porque vienen mal dadas. En concreto, por la pérdida de confianza de su electorado, que se traduce en un bajón en el número de escaños. Con lo que eso supone para quien se postula, como el solo sabe hacerlo, para liderar la oposición.
Las peticiones de Rivera son, como sucede con muchas de sus propuestas, una suerte de tomadura de pelo al conocido como pueblo soberano. Que, por aquello de residir en el pueblo pero sustanciarse en el Parlamento, es como respirar por el mero hecho de mantenerse con vida. Es cierto que, tal y como se plantea la realidad política en particular y la de la cotidianeidad en general, las formas son más importantes que el fondo. Quizá por ello, nuestro líder de Cs, adoptando ese rictus de seriedad —con el que pretende epatar— nos contó semejante milonga (en la séptima acepción del DRAE). Vino a decir, no sé qué motivo tiene para tomarnos por tontos de capirote, unas majaderías que, en un país serio y con rigor, tendrían escaso predicamento. Así con ese empaque que solo él sabe, entendido como: «seriedad, gravedad, con algo de afectación o de tiesura», las tildó de "tres condiciones de Estado", ahí es nada.
Comenzó su letanía, con algo que desde hace tiempo vienen pidiendo él y Casado, su compañero de pactos, por la pérdida del gobierno de Navarra, donde se quedaron compuestos y sin novia con su experimento de Navarra suma. Piden, por no ser muy ambiciosos acaso, que el gobierno legítimo ceda en favor de aquellos. A eso, para dar mayor trascendencia, le denomina volver a la senda de la constitucionalidad. Como si todos y cada uno de los partidos que, por acción u omisión, apoyaron la investidura de la socialista no los fuesen. Él, y solo él, parece estar capacitado para otorgar etiquetas de constitucionalidad. Como si fuese original. Ya desde los Reyes Católicos, se otorgaba la de cristiano viejo. Por lo tanto, nada innovador. Ojo, no responde tal hecho al actual marco constitucional que tanto dice defender. Pero, qué importancia tiene, si él lo que busca es un cacareo permanente, para estar en las portadas. Para eso crearon esta suerte de experimento político, supongo. Pues quienes invirtieron en su génesis, supongo que de un modo u otro, buscarán recuperar lo gastado.
No quedó solo en una demanda huera, que no se conforma con poco. Pidió también, como si de un juguete para su capricho se tratase, la aplicación del 155 a perpetuidad. Lejos, él que se dice constitucionalista y otorga la divisa a quién considere según su leal saber y entender, de la sentencia del Tribunal Constitucional, que establecía una aplicación tasada en el tiempo y en función de las circunstancias. Claro que, para mayor abundamiento de su constitucionalismo, se pasa por el forro de sus caprichos el principio constitucional de la presunción de inocencia. Digo tal porque, la referida aplicación, lo será para evitar el no acatamiento de la sentencia del Tribunal Supremo, en relación con el tristemente famoso uno de octubre (vaya una fecha, de infausta memoria por múltiples motivos). En otras palabras, ya los está dando por condenados, sin que la sentencia se haya pronunciado. Todo un constitucionalista como él. Quién lo iba a imaginar.
Como no hay dos sin tres, él no iba a ser menos. No sé si más. Pues ahí va la tercera, como en aquellas canciones. Ahora, en su papel de liberal, por tanto contrario a los impuestos, tira por esa vertiente. Se adentra a solicitar, sin decir cuales, unos compromisos económicos. Si fuese el liberal, hombre de Estado y constitucionalista, a la par que, como a él le encanta, líder de la oposición, nos habría mostrado esos compromisos económicos. Aunque mucho me temo, una vez más, no sea sino una bocanada de humo tras esa profunda calada de cigarro. Claro, los compromisos económicos, como suele suceder en estos casos, tienen un claro objetivo: evitar la subida de impuestos. Así, en genérico, como a él le gustan estas cosas. Eso sí, refiere a las clases medias y los autónomos (otro de sus fetiches), entre los hipotéticos destinatarios de esas presuntas subidas de impuestos. Olvida de nuevo, el magnífico constitucionalista de pega, que es la Constitución del 78 en su artículo 31 la que determina «un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad». Una minucia, claro, susceptible de olvidarse. También parece olvidar, que esa progresividad —quien hizo la ley hace la trampa— quiebra con los artificios fiscales, esos que conducen a la elusión de las cargas fiscales. Quizá lo que pretenda, aunque sea incapaz de concretarlo, es que no se toquen tales artificios y, como siempre sucede dime de qué presumes, sean las clases menos privilegiadas quienes carguen con la financiación del Estado
En definitiva, una vez más, haciendo gala de sus orígenes, hemos de sufrir sus impertinencias y majaderías. Como si no se pudiese estar con la boca cerrada, así evitaría que le entrasen moscas. Y supongo, por la experiencia estival, que poco trabajo le habrá de costar.



























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