“Aquí, donde me ven, sentado y a la sombra, pasé aquel domingo de feria.
El calor apretaba más de lo normal en el anormal agosto de aquel año. Saludé a los conocidos y en el bochinche nos tomamos un par de botellines. Luego regresé al lugar y escuché a la Parranda de Teror a la sombrita del pesado mediodía. Cantan bien estos muchachos. ¡Y alegres, coño! Mi mujer no quiso acompañarme: estaba cansada de tantos animales, me dijo , no sé si con cierta sorna, mientras me preparaba el bolso de las fiestas. Lo cierto es que pasé un buen día: ratos aquí, ratos allá, donde los artesanos. Hasta el alcalde me saludó. Y le dije que el pregón de este año había estado muy bien porque habló de un mundo que conocía. Aunque tengo la sensación de que este mundo de ahora es para mí más raro; distinto, diría yo. Pero es lo que hay, nos guste o no.
En fin, les dejo, que debo regresar con mi señora, que me está esperando. Bueno, eso creo”.




























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