El encanto de Sardina
Me hallaba sentado, absorto,
en la peña de La Laja,
cuando reventó una ola
con un extraño rumor.
Me levanté, impresionado,
y me fui al borde del risco.
Entonces la blanca espuma
en un susurro me habló:
Me he quedado encantada en esta playa;
colosal me parece El Farallón;
el monte Tamadaba me fascina;
me alucina La Cola de Dragón.
Preguntándome ¿qué es esto?
me sacudí la cabeza,
y la ola, en retroceso,
con su charla continuó:
He viajado por todos los océanos
y nunca había sentido tanta paz.
¡Qué lugar tan hermoso y entrañable!
¡Qué pena que me tenga que marchar!
Asombrado, cavilando
que aquello no era normal,
de pronto me desperté.
Sonaba cercano el mar.
Entraba por la ventana
la luz del amanecer,
amarillenta, ambarina,
y… cuando al mar me asomé,
tras descorrer las cortinas,
pestañeando, pensé:
yo también estoy prendado
del encanto de Sardina.
Foto: Ignacio A. Roque Lugo.


























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