Lo dijimos en el artículo anterior: Arucas es imperfecta y, precisamente por eso, dicha característica se convierte en una seña de identidad.
Si no olvidamos esa premisa inicial, lograremos, o al menos esa es nuestra intención, no caer en la vanidad excesiva ni en la gazmoñería afectada. Hablar de la “Gente de Arucas” es como elevar la mirada hacia las torres de la iglesia o al viejo Mercado Municipal, que no vive sus mejores momentos, o subir a la Montaña y contemplar desde lo alto. La “Gente de Arucas” camina y se detiene a conversar, donde el saludo cotidiano y las palabras cruzadas nos ayudan, en su diversidad, a ver de otra manera a la persona que tenemos delante. Ya saben ustedes, inteligentes lectores, que tendemos a generalizar y a meter a todo el mundo en el mismo saco, sin pararnos a pensar con detenimiento. Y ese hecho es altamente injusto; pero, claro, humanos somos.
Lo que queremos decir es que cada persona es una cosa y la contraria; que todos llevamos dentro luces y sombras, y así conformamos nuestro papel, o nuestra actuación, en esta existencia que nos ha tocado en suerte. Siempre he creído que estamos las mismas personas en este mundo. Nos parecemos a nuestros padres y nuestros hijos llevan genéticamente gestos de los abuelos que desde pequeños también son suyos. Ese misterio de la vida, difícil de explicar, se me antoja que es universal. Y si miramos con detenimiento viejas fotos familiares los parecidos han traspasado el tiempo.
Por eso les dejo con unas cuantas imágenes de la “Gente de Arucas”, con el propósito de que la mirada se convierta lenta y pausadamente en actitud detenida.
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