La estrecha calle no ha perdido el tono de la infancia ni la atmósfera rara de la adolescencia. Caminamos por ella con la lentitud de la primera juventud hasta que la dejamos atrás. Hoy, con la vieja fotografía, los recuerdos han sobrevenido y los vecinos de entonces han salido a saludarme. En la calle estrecha de la infancia he vuelto a sentir la autenticidad de lo cotidiano y de las cosas pequeñas. A veces pienso que en la sencillez se encuentra la felicidad. Y está bien eso de regresar. Sirve para poner los pies en el suelo, dejando a la vanidad en su justo espacio. Ni más ni menos.




























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