La luz de la farola, el sonido del campanario y el azul del cielo, hermanado con el mar, configuran un momento de calma y serenidad. La imagen, convertida casi en un símbolo, habla por sí sola. Claro que tampoco debemos olvidar la palmera que compite con el campanario, como indicando que lo verde no es solo el color de la hierba fresca.
La Orotava se abre al mar como queriendo explicar su continuidad y, al mismo tiempo, proyectar la mirada del futuro. Es el mar la otra parte de la isla. Por eso la luz y el sonido van a morir donde la mirada se recuesta en la placidez del día. Pero no siempre es así.




























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