Contemplar desde fuera es muy distinto a hacerlo desde dentro. Estamos ante un antónimo. La delicadeza del visillo habla de calidez y el marco de la ventana, de paso del tiempo. Tiempo que fluye como las aguas de un barranco. Pero si miran con atención, también se proyecta en la imagen una ligera sombra de la montaña cercana, que habla de las dificultades de la vida.
Por eso el visillo no es de un blanco inmaculado: demasiada luz encandila. Y demasiada oscuridad también. Pero, claro, todo eso se ve desde fuera: otra manera de seguir en el camino.




























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