El silencio que evoca la imagen es directamente proporcional al ruido que producimos. Somos generadores de términos y actitudes contrarios, como los antónimos. Por eso la foto habla de puertas y ventanas cerradas, como no queriendo abrirse al exterior que, en ocasiones, resulta hasta peligroso. La casa terrera y blanca, adormilada aún en la mañana de junio que no quiere despertar, habla de un instante: el que hemos empleado en tomar la imagen; apenas unos segundos que hablan de trascendencia y plenitud, aunque solo nos hemos percatado de ello cuando la imagen se nos ha colocado delante de nuestros ojos al abrir el ordenador. Solo el agua que baja desde la pequeña azotea susurra el paso del tiempo.




























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