El extraño poder de las urnas
Esto de las elecciones deja mucho a la reflexión, un hecho evidente de que los votos de la ciudadanía apenas sirven para nada si los resultados no confirman liderazgos. No es que un Gobierno en coalición signifique un paso atrás en democracia, al contrario, tal vez sea la solución más aparente para que ninguno acceda a esa mayoría absoluta que tanto disgustos nos ha dado; al igual que el bipartidismo al que tanto nos hemos acostumbrado parece que le tengamos nostalgia pues, según nos damos cuenta de los manifiestos diversos de las formaciones que han obtenido representación en el Parlamento o algún cargo de distinción a nivel autonómico, basta que sea uno de un color diferente para hacerle la envolvente e intentar despojarle de cualquier atisbo e pretensión al protagonismo.
En este orden de cosas estamos asistiendo a una confrontación diaria con estrategias dispares, un trasiego de líneas telefónicas ardiendo con la trama en el menaje que cada cual considera más apropiado a sus intereses electoralistas; el que más gana en ocasiones es adelantado por algún perdedor con factores a su favor como pudieran ser objetivos y promesas sustanciosas a cambio de silencios o afirmaciones. Una batalla sin normas, un desenlace desconocido y una debacle en la confianza de los y las que depositaron en cuestión de semanas varios sobres en las urnas. Muchas de esas personas ahora reducen a una posibilidad remota que su voto haya sido útil a tenor de la falta de complicidad de los partidos políticos y sus líderes para favorecer el progreso del país.
La ficción se ha convertido en realidad, a la sombra del pesimismo y la apatía de una sociedad deprimida desde hace ya más de una década, la positividad de la élite política se ha difuminado en pretensiones personales y partidistas al amparo de una ley que ya viene necesitada de reforma en sus artículos por la obsolescencia de la misma al progreso del común denominador de la sociedad española. La Carta Magna, aquella que nos trajo progreso y avance en la libertad ideológica está sufriendo serias fisuras por las que se vierten derechos y obligaciones diversas.
Manifiestamente la opción de revertir en beneficio social parte de lo extraviado en su corta, apenas cuarenta años, pero larga experiencia, viene a darnos la razón sobre la obligación de los representantes políticos y las fuerzas representativas de la Justicia, es decir, la independencia de la ley, la legislación y el ideal político cada cual, por su parte, confluyan en un escenario procedente del que sacar conclusiones acertadas y con ellas, cambios normativos en la Constitución de 1978.
Y es que nos quedamos atrás en derechos y nos siguen apretando el cinturón del que ya no quedan agujeros suficientes, sin medidas claras para aliviar la carga del desempleo, la falta de una sanidad pública deteriorada y una educación atrapada en leyes al mejor postor en cada caso, es decir, con cambios constantes al ritmo del Gobierno que sale y lo que el entrante considera.





























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