La tarde azul se enciende en el ocaso. La amarillenta luz de las farolas se convertirán en el sol de la noche y, al amanecer, volverán a adquirir el tono del descanso y el dejar que la Naturaleza ilumine, siempre de forma diferente, al nuevo día que desde el horizonte se proyecta sobre la villa. El muro del pequeño castillo, que fue grande, parece esconderse en las añiles tardes de junio. Luego recuperará su prestancia. Es apenas un instante donde los viejos muros parecen diluirse y transparentarse. Solo el vaivén eterno del mar, en la bajamar tranquila, habla de piratas y corsarios. Y el horizonte vuelve a señalarnos el paso del tiempo.




























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