“En el edificio del fondo montamos las oficinas del periódico, en la parte baja. Apenas un par de habitaciones y un aseo. “La Voz del Norte” vio la luz tal día como hoy en los años de la Transición; últimamente tan denostada. Como los periódicos de siempre estaban constreñidos, fuimos, así lo recordamos, un soplo de libertad en aquel tiempo de “demócratas de toda la vida”. Menos mal que requerimos los servicios de una vieja imprenta, lejos del lugar, que guardamos casi en secreto pues los alcaldes del norte nos la tenían jurada. Y solo informábamos, pero a nadie le gusta verse cuestionado. Ciriaco Vicente Domínguez fue el primero que nos denunció. Luego, sus colegas de al lado, envalentonados, repitieron la jugada. Sin embargo, Luis María, el director, y José Argelio, el redactor jefe, soportaron estoicamente la justicia sobrevenida. Pero la auténtica salsa se manifestaba en las improvisadas tertulias del bar de Antoñito, el majorero. Más de una vez la policía local nos aconsejaba marchar del lugar y que siguiéramos la juerga en otra parte, por orden del señor alcalde. Entonces recalábamos en el bar de Las Niñas, mujeres alegres que trasnochaban los siete días de la semana. Pero estoy mezclando las cosas: “La Voz del Norte” cumplió durante sus cinco años de vida. Luego, las deudas nos echaron para atrás. Y la presión política de entonces también. Que era mucha y con muy mala leche”.




























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