“Ahí, en esas puertas que solo reflejan el paso del tiempo, ubicado estuvo El Bar de los Palomeros. Claro que hablo de un tiempo en que el pueblo era más pequeño y más aislado que ahora. Las tertulias eran constantes y casi todo giraba en torno a las palomas y los palomos. Y las sueltas competidoras. Las mejores eran las que se organizaban desde La Costa, llevadas hasta allí gracias a la colaboración de los pescadores conejeros, siempre tan dispuestos. Las charlas se sucedían cada semana. La autoridad competente, al principio, pensó que era un lugar de anarquistas, hasta que comprendió que la afición común era lo único presente en aquel bar medio destartalado. Solo cuando Antoñito, el del acordeón, empinaba más el codo se oía algún alegato contra el régimen. Entonces Saturnino, el dueño, imponía su ley y lo cerraba. No estaba dispuesto a que le clausuraran el negocio con los ocho chiquillos que tenía. Solo en las tristes y solitarias noches de invierno, entre susurros del recuerdo, dejaba que algunos de sus parroquianos se desmelenaran un poco. Cerraba la puerta y dentro las palabras se transformaban en llantos de rencor y pozos olvidados.”



























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