¿Leen los políticos?

Opinion

landinContaba la escritora argentina Claudia Piñeiro que preguntados algunos dirigentes políticos de su país por los libros preferidos, uno respondió que leía a Sócrates y otro que su libro predilecto era una novela de Jorge Luis Borges. Alguien debió informarles que conocer al filósofo maestro de Platón daba prestigio y por supuesto exhibir la admiración hacia Jorge Luis Borges. Pero, claro, el bueno de Sócrates nunca llegó a trasladar a la escritura su pensamiento. Y Borges no llegó a escribir novelas, tampoco le hizo falta para ser una de las figuras más importantes de la literatura hispanoamericana del siglo pasado. Cuando se les pregunta por sus lecturas a los líderes de los principales partidos, uno se encuentra que en general son aceptables lectores conocedores de las últimas novedades aunque no siempre son del todo creíbles las respuestas. Nuestros políticos en general no recurren a citas literarias, no suelen apoyarse en novelistas o poetas. A lo más que llegan es al recuerdo escolar de unos versos de Antonio Machado o Miguel Hernández, lugares comunes de cualquier bachiller. Las referencias al ensayo político son escasas o nulas. En Canarias el panorama es similar, con algunas excepciones que las hay. Algunos versos de Agustín Millares y Pedro Lezcano son recurrentes entre los dirigentes canarios. Lo cierto es que si exceptuamos esas preguntas pactadas que se les hace a los representantes públicos sobre libros en el mes de abril o agosto, nuestros políticos parecen no tener tiempo para la lectura. En sus discursos, sus intervenciones parlamentarias, en entrevistas formales o informales no se aprecian referencias literarias. Ni una mención, ni siquiera una cita o una reflexión al hilo de una lectura. Cada dos o tres años se entregan los Premios Canarias de literatura y uno se pregunta si habrán leído a nuestros premiados. Por cierto ¿para cuándo un premio de literatura que se otorgue cada año? Deben considerar nuestros mandatarios que no hay calidad literaria o nómina suficiente de escritoras y escritores. Por suerte los tenemos de todas las épocas repartidos por cada una de las islas, para todos los gustos literarios y para tomarlos como referentes prácticamente en cualquier asunto. Desde la corrupción hasta la ecología, pudiendo además elegir el tono dramático o humorístico. Claro que no deben tener tiempo para aparcar por un momento la urgencia de la siempre necesaria información periodística. Y a los asesores que escriben informes o sugieren discursos les sucede lo mismo pues las estadísticas, los números y la objetividad les impiden ver más allá de las urgencias.

Se acaba de aprobar una Ley de Bibliotecas y de la Lectura y sería bueno que nuestros representantes públicos dieran siquiera ejemplo transmitiendo lecturas, pues harían más visibles a nuestros autores no solo a los clásicos también los actuales. Ahora que llega el Día del Libro seguro que escucharemos declaraciones bienintencionadas sobre la importancia de la lectura pero ojalá hablen de libros y autores, si no con pasión o naturalidad al menos con conocimiento. Muchas veces uno tiene la impresión de que algunos políticos se comportan como el señor de la fábula de Iriarte, que compran libros sólo por la encuadernación. Otros solo aprecian la literatura hecha fuera de las islas y desconocen la que aquí se escribe y edita. Sería deseable que aquellos que aspiran a gobernar y legislar nuestros destinos nos transmitieran sus lecturas pues también así sabríamos de sus intereses y sensibilidades. No creo que la lectura nos haga mejores personas o que sea un requisito necesario para que alguien pueda ser un buen gobernante. Pero ayuda. Y más ahora en plena campaña electoral en la que siempre hay quien gusta de vociferar empeñado en desacreditar al contrario con medios injustos sin pensar que suele desacreditarse a sí mismo el que emplea esas artimañas. La lectura de la fábula de El canario y el grajo nos deja esa enseñanza. Leyendo a Galdós nos podemos tropezar con una sentencia a tener en cuenta en estos días: >. En fin, nos gusta creer que un buen lector siempre será mejor gobernante, mejor legislador y más sensible a los problemas de la gente que alguien que no lee.


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