“El Kiosko de la Plaza, así lo llamaban todos, lleva en el lugar más de ochenta años. Creo que su primer propietario fue un alemán de origen oscuro que recaló en el pueblo y se convirtió en el único extranjero de la villa. Era de trato afable y siempre miraba como quien escudriña oscuras intenciones en el cortado de media mañana o en el vermut del mediodía. Yo, la verdad, no lo conocí: solo una vieja foto en el interior del local demuestra que aquel alemán solitario existió. Me hice con el traspaso hace poco más de veinte años, cuando Manolito García me lo ofreció en pronta jubilación. Tuve mis cuitas con el ayuntamiento, que andaba empeñado en quitarlo. Ahora resulta que se ha convertido en uno de los atractivos de la villa. Cada domingo se llena: turistas isleños y foráneos recalan por aquí y cada fin de semana se renueva la clientela. Claro que los fijos del lugar, sabedores de la avalancha turística, lo hacen el resto de la semana, donde la tranquilidad y la pachorra salitrosa del lugar caminan al ritmo pausado de las olas cercanas, en un vaivén eterno donde el tiempo se desvanece en las sombras de los laureles de indias.”



























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