No es la farola del mar, sino la de un parque. A su lado, un banco donde leer el periódico en las mañanas calentitas, y una barandilla en la que alongarse y disfrutar de la mirada en la Naturaleza. No es tan vieja la farola como indica la fecha, pero sí lleva algunos años alumbrando las tardes y noches oscuras, cuando los días amanecen tristes y oscurecen antes. Fue el parque de la adolescencia y de la primera juventud, donde las risas frecuentes y las recurrentes algaradas reivindicaban nuestra presencia. También fue el parque de las parejas incipientes: un ratito de soledad e intimidad buscaban. Luego cayó en el olvido. Sin embargo, disfruta de una segunda oportunidad: cada vez lo visita más gente y la farola siente que su presencia en el lugar vale la pena.





























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