Revienta que algo queda
De un tiempo a esta parte, con mayor bulla al coincidir con la inminencia de las elecciones, se están poniendo de moda las actividades conducentes a reventar actos electorales. Del primero que tuvimos noticia, no por el acto en sí sino por el hecho, fue del ocurrido en la Universidad de Barcelona. En aquella ocasión, un acto que pudo haber pasado desapercibido, fue noticia por la majadería de algunos personajes que aparentan no tener muy claro el efecto de sus acciones. Recordemos, en esa ocasión se trataba de un debate entre dos cabezas de listas a las elecciones generales, en un momento en que la campaña todavía no se había iniciado. Un debate, insisto, sin transcendencia. Por tal motivo, por la acción de quienes no tienen idea de lo que originan, fue portada de los medios en internet y corrió como la pólvora por las redes sociales.
Como suele suceder en estos acontecimientos, división de opiniones. Por un lado, quienes condenaban sin paliativos el acto. De otro, quienes se ponían del lado de quienes fueron a darles el titular. Está claro, tanto en tal suceso como en los posteriores –sin obviar que puedan acaecer algunos más–, que no es ese el camino. A nadie debe olvidársele, en estos y en otras situaciones donde se ponga cortapisas a la expresión, el valor de la palabra. Las personas, como animales racionales, si por algo nos caracterizamos, es por la capacidad de comunicarnos a través de la palabra. Podemos, con ellas, ir construyendo frases que nos permitan comunicar en todo momento cuál es nuestro modo de opinar sobre cualquier acontecimiento. Por tal motivo, y por el valor que la palabra tiene, no cabe duda la importancia que tiene el dejar que se exprese con total libertad. Por muy contrario, y contraproducente, que sea a nuestro modo legítimo de pensar. Lo escuchamos, y si tenemos ocasión, lo rebatimos. Sin más. Con argumentos está claro, no con argumentarios.
A raíz del primero, como tuvo su repercusión en los medios, continuaron siendo noticia. No los actos en sí, que deben considerarse dentro de la normalidad de una campaña electoral, sino las acciones de quienes los impedían. Como consecuencia, la consiguiente denuncia de quienes fueron el centro de las actuaciones. Es cierto, que no en todos los casos los hechos se producían con ánimos de distorsionar los actos en cuestión. Alguno hubo, si nos podemos fiar de las imágenes que circulan del mismo, que fue producto de la escasa mano izquierda de quienes tuvieron la responsabilidad de evitarlos. Me refiero al que coincidió la caravana electoral del candidato con una manifestación que conmemoraba el aniversario de la II República. Claro que, ante los precedentes, todo cae en el mismo saco. Pasa a ser de utilidad para los intereses de cada cual. Ya sabemos, cada cual arrima el ascua a su sardina.
En resumidas cuentas, entre lo uno y lo otro, la campaña electoral se mantiene huérfana de propuestas. No solo de ellas, sino de la confrontación de los programas que nos ofertan todas y cada una de las opciones políticas con opciones, y anhelos, a lograr un elevado número de representaciones. Quizá sea eso lo buscado, con toda esta bulla y majadería: que el ruido de quienes revientan los actos contribuya a entretener la atención, sin que esta se dirija a lo que interesas: las referidas propuestas, si las hubiese, que a lo peor es eso, que no las hay


























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