Cuando los vecinos se reúnen para mantener las tradiciones de las alfombras no solo lo hacen desde la fe y la costumbre, sino que su labor solidaria y unificadora es una excelente muestra de que la vecindad, a pesar de estos tiempos tan líquidos, no ha muerto.
Es verdad que la calle ha perdido el sabor de antaño, donde los coches pasaban de vez en cuando y en la que los chiquillos la convertíamos permanentemente en parque de juegos y carreras. Y cada año, en Arucas, en La Cerera, y calles adyacentes, los vecinos se molestan desde tempranas horas en regalar a sus paisanos y visitantes un arte efímero que solo pretende conmover y, en las medidas de cada uno, admirar. Y ese deseo, que solo dura unas horas, significa que los vecinos lo siguen siendo. Y surge el saludo, las palabras y la breve charla en la que la sonrisa ha encontrado, en una mañana tranquila y soleada, el sabor de la sinceridad. Porque los vecinos de esta parte de la ciudad conocen perfectamente el valor de lo auténtico.
Por eso cada año no cejan en su empeño: saludar, a su modo y manera, a los demás. Que no es poco.




























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