Feminismos

Opinion

leonilojulio2017Hay un empeño manifiesto, sobre todo cuando se acerca el 8 de marzo, por utilizar el feminismo como instrumento electoral. Es en estas fechas, cuando quienes no se acercan el resto del año al movimiento feminista, comienzan a hacer una suerte de aproximación –como un barco al puerto de atraque–, con fines espurios. El feminismo, nada descubro, es un movimiento con historia propia. Un movimiento que por buscar la igualdad entre los géneros ha pasado por múltiples y variadas vicisitudes. Si hasta la fecha pasaba desapercibido, salvo cuando entraban a saco quienes lo consideran como un enemigo a batir, es a partir de las movilizaciones de los últimos años, que se han volcado todas las formaciones políticas –con sus naturales excepciones– a reivindicar lo que hasta ahora no hacían.

Las formaciones de la derecha, que hasta el momento no se mostraban tan cercanas, se deben haber cuestionado los réditos electorales, y han salido en tromba en pos de feminismo. Se les ve molestas, quizá por la falta de costumbre, al denunciar que haya sido la izquierda la defensora del movimiento. Hablan de su patrimonialización, del que también buscan participar. No se habrán percatado, es lo más probable, que el feminismo es un fenómeno de progreso. Lo es, por la sencilla razón que busca romper con las rémoras del pasado. Con todos aquellos elementos que discriminaban, y aún lo hacen, a la mujer frente al hombre. Quienes de tal saben, nos recuerdan con acierto cómo hay aspectos superados, logros del pasado sobre los que ya no se habla. Al menos con la intensidad de la reivindicación. Cierto es, que tal como se respira, algunos corren el riesgo de perderse. Así parecen intentarlo quienes ven en el movimiento una amenaza.

Nos dice Amelia Valcárcel, una de las grandes pensadoras del feminismo en español, que todo este afán pasa por ser un término que está comenzando a sonar muy bien. Añadió, a propósito de la majadería de Cs, que el feminismo es lo que es, sin que admita calificativos. Recordemos, ya lo hicieron el pasado ocho de marzo, el empeño de tal formación política por apropiarse del feminismo. Claro, como en el resto de sus incursiones en política, con sello propio. Como conejo de chistera, se sacan de la manga el «feminismo liberal», que no deja de ser sino una cortina de humo para que todo continúe como hasta el momento. A propósito de tal, advierte Valcárcel de los riesgos. Como sucede con el liberalismo, se ponen los medios –en este caso se establecen las normas–, para que cada cual se busque la vida. Como hace tal ideología: que sea el mercado y las posibilidades de cada cual, quienes le concedan el disfrute de sus derechos. Eso, mantener la situación como hasta ahora, evitando así las molestias que puedan ocasionar a quienes vean en el feminismo un elemento a combatir.

No se queda atrás, tampoco en esto, el líder de los populares. Como no tuviese bastante con los jardines en que anda metido, vuelve a los charcos de nuevo. En esta ocasión con el feminismo. También con este, como si de un movimiento de enfrentamiento se tratase –cuanto desconocimiento demuestra–, se hace un lío. Y para esos casos, nada mejor que tirar del victimismo. Argumenta, lo que hace tanto máster, que no puede fomentar una disputa entre su hija y su hijo, por dicho asunto. Como quiera que le resultara escasa la majadería, continuó en el ámbito familiar refiriéndose a su mujer. Demuestra, con esto también, la escasez de recursos e ideas que aporta al debate político. Más allá, claro está, de esa retahíla de argumentarios a los que nos tiene acostumbrado, pues por mucho que gesticule e insista en un mismo asunto, se evidencia con el paso del tiempo la ausencia de un discurso político de sólidos argumentos. No obstante, les veremos en las manifestaciones del 8 de marzo, dejándose ver por lo que les toca. Tanto a los unos, como a los otros. Tampoco pasa nada, no solo han de tomar aire para acercarse hasta Colón.


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