“Nos vemos donde siempre, en la esquina. Era la manera de encontrarnos en la infancia y después en la juventud. Y ahora que caigo veo que la esquina ha cambiado mucho. Ese edificio enorme de pisos es relativamente nuevo, y ni siquiera recuerdo cuándo se construyó. Parece que siempre ha estado ahí, pero no: en los tiempos juveniles una vieja casa terrera de tejado ocupaba su lugar, donde Frasquita y Mariquita mantuvieron a buen recaudo su soltería en tiempos difíciles y llenos de silencios. Ellas, amables con todos, nunca dieron motivos para el alegato: todo el mundo creyó que eran hermanas que habían tenido muy mala suerte en la vida. De allí a la iglesia de enfrente, y a la vieja tienda de ultramarinos de la esquina, hoy convertida en una de regalos turísticos industriales, llevaban su vida de tranquilidad moderada. Hoy la esquina del encuentro se ha plegado a los nuevos tiempos, y en esa terraza que se adivina nos seguimos encontrando los amigos de entonces. Y así, entre sorbos de café y cortados, nos hemos percatado de que el tiempo es una entelequia”.





























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