“La ventana me abrió un mar inmenso que se confundía con el horizonte de la Isla Baja. Desde allí divisaba el mundo que se me alejaba cada vez más. Desde mi inmovilidad mental, que no física, imaginé un tiempo que se había marchado al ritmo de las incesantes olas, convertidas éstas, en determinados vaivenes, en oleaje adverso como el del mar Tirreno. El tiempo ido se desvaneció en los acantilados húmedos y llenos de salitre, mientras las nubes grises amenazaban con una lluvia eternamente desconocida. El gris de los días norteños, tan parecidos a otros, me devolvió la melancolía nunca abandonada y la vida volvió caminar por el sendero de mi terca personalidad. No me quedó más remedio que admitir que era un simplón de mucho cuidado: creí que me comería el mundo con aquella publicación, pero apenas logré vender unos cincuenta ejemplares, incluidos los que regalé a mis amigos. Está bien sentirse del montón y, sobre todo, abandonar todo vaivén de vanidad que al final solo destruye. Está bien dejar atrás los egoísmos trasnochados y considerarnos el ombligo del mundo. Y, sobre todo, el dejar de hablar de uno mismo una y mil veces, porque solo construimos una falsedad existencial que solo nos creemos nosotros mismos. Por eso la ventana a la que me asomé en aquellos días norteños no solo me devolvió mi verdadera imagen, sino que logré, poco a poco y con esfuerzo, recuperar la mirada interior que había desaparecido años atrás, donde la inocencia aún no se había envanecido. ¡Qué iluso fui! Pero creo haber aprendido la lección. Ahora, en el Kiosko de la Plaza, donde un tibio e incipiente sol de verano parece ocupar el mediodía, he visto la cara real de los que me rodean. Y es la auténtica. En fin, que no sé ni lo que me digo.”





























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