A medida que ascendemos por la empinada calle, que en tiempos lejanos inundada estaba de comercios y talleres, con una vida propia de lugareños y foráneos de la comarca, el blanco de los edificios se convierte en verde suave y agradable que nos vuelve a descubrir lo que hoy es la Casa de la Cultura. Y me gusta el tono. Adquiere así la calle una atmósfera intimista y cercana, como queriéndonos recordar que una vez estuvo muy viva y alegre, donde el bullicio de gentes y carros martilleaban los viejos adoquines y, al mismo tiempo, transmitían vida a las casas. Al finalizar el día, el ruido vital iba remitiendo, como invitando al descanso. Y por la noche, con los comercios y talleres cerrados, solo se escuchaban las voces íntimas y privadas. Y en la calle, el silencio y el descanso.






























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