“Te empeñaste en que viviera en tu ciudad provinciana. Yo, que había sido un urbanita capitalino, seguí tus pasos por amor y porque te deseaba y deseaba compartir contigo la aventura de la vida. Sí, fueron aquellos años intensos y convulsos: hubo de todo. Pero a mí lo que más me gustaba era aquella parte de la ciudad, donde el paseo miraba a un horizonte donde el mar no existía. Y comencé a sentir el agobio y la extrañeza de la tierra en que nací, tan diferente a la tuya. Y entonces sucedió lo inevitable: la pareja evolucionó en un trío inesperado y doloroso. Y no me quedó más remedio: salí huyendo del lugar. Quizás me precipité y seguramente dije las palabras que nunca debí pronunciar. Hoy lo que de verdad echo de menos es el paseo y su inmensa llanura salpicada de lejanas casas. Ese muro de la imagen se convirtió en el obstáculo de nuestras vidas.”






























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