De la transición
Escuchaba el comentario final de A vivir…, el programa de la SER, de las mañanas del fin de semana. En esta ocasión, el periodista José Martí Gómez, se refería a la personalización de las cosas. En concreto, a la nueva designación del aeropuerto de Barcelona, que ahora lleva el nombre de Tarradellas. Al escucharlo, me vino a la memoria la denominación (novedosa, aunque menos), de otro aeropuerto. Me refiero al de Madrid Barajas, que ahora también acompaña su denominación con la del primer presidente de la democracia: Adolfo Suárez. Es cierto, que no por tal hecho, solo que hilvané una cosa con la otra sin más.
El recuerdo del político, a Suárez me refiero, se engarza con otro hecho reciente: el cuarenta aniversario del texto constitucional. La Constitución que nos trajo, tras un largo paréntesis de dictadura, de nuevo la democracia. También con ella, y regreso al principio, retornó de su exilio Tarradellas. A Suárez, con mayor o menor acierto, se le atribuye junto a otros cuantos, el inicio de la democracia fruto de tal Constitución. Además de, según quienes dicen saber del asunto, al hoy emérito. Que, volviendo a Suárez, mantuvo su testa coronada gracias a este, pues según le dijo a una periodista de la época, la opción de llevar a referéndum la preferencia entre monarquía y república, pudo haberse decantado en favor de la última. De ahí, que optasen por no hacerlo.
Claro, cuando se hace referencia a lo que pudo haber sido y no fue, siempre se nos cuenta la misma historia: no estaban las cosas para mucho más. Resulta que, por lo de haberlo dejado todo atado y bien atado, un poder omnímodo y no tan en las sombras, tutelaba aquel momento de la transición. ¡Hay que joderse! Los avances, muchos si tomamos como referente lo acaecido durante la dictadura o, escasos, si no tomamos ese periodo como punto de referencia. Aludo a otros momentos de mayores avances democráticos, no a los de predominio de la dictadura, sin dudarlo. De esa época, con mayor o menor acierto, son los principios de convivencia con los que ahora mismo –cuarenta años después, con sus transformaciones sociales incluidas– nos relacionamos. Sin que, a pesar del tiempo trascurrido, se promuevan adecuaciones al momento actual. Recordemos, los cambios operados, por escasos han resultado onerosos para quienes están bajo su hegemonía.
Nada se dice, también a aquel periodo aludo, de cómo habría sido si no se hubiese optado por los cambios. Al menos en el papel, en muchos casos bastó con su denominación, hubo cambios notables en algunos estamentos e instituciones. En otros, por no molestar, la cosa continuó más o menos. ¿Se pudo haber mantenido España, al final de los setenta, en aquel lodazal que era una dictadura en descomposición? Me temo, que aquí también cabría introducir él «no se pudo hacer otra cosa». Por eso la duda, cuando se refieren a esos próceres del pasado, padres de la democracia, porque como dice el alcalde de Mérida, las madres estaban cuidando a la prole. Si es cierto, que no se pudo hacer otra cosa, transcurrido el tiempo, con la mirada puesta en el futuro, quizá habría que plantearse en llevar a cabo los cambios que en el pasado no tuvieron cabida en aquella «modélica» transición.































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