Cuando escribíamos cartas, “internet” era una palabra que ni siquiera existía. Ni “email” tampoco, junto con tantas otras que nos han invadido en los últimos y vertiginosos tiempos.
Cuando escribíamos cartas, por ejemplo, a Tenerife, tardaban una semana en llegar a su destino. Era un diálogo parsimonioso y lento, sosegado, y la respuesta, con suerte, también se demoraba otros siete días. Y el diálogo se alargaba cuando la realidad ya había cambiado. Las distancias, entonces, no solo se medían en kilómetros sino también en semanas. Sin embargo, la magia de recibir una carta no solo alimentaba la espera, sino que al tenerla en nuestras manos la sonrisa se abría paso en las misteriosas letras aún no leídas, como si de un libro se tratase. Cuando las palabras alcanzaban la vida, ya teníamos la nueva historia. Lo demás no importaba. Así que la carta tenía varias vidas: sus diferentes lecturas no eran más que el deseo de atrapar la complicidad. Palabras para uno solo y que solo dos conocían; sin intermediarios, sin anónimos comunicantes que interfirieran la relación, sin malos modos ni desconocidas intenciones. Ni nadie que pudiera vender la intimidad.
Por eso el buzón de la imagen no solo debe permanecer en el lugar, dentro del Patrimonio Histórico, como si de una escultura se tratase, sino que, además, sirve para recordarnos lo que una vez fuimos.
Otra página de la Historia de Arucas.




























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