En el hecho de mirar se encierra el placer de reconocer.
Y las calles de Arucas, asomadas a las diferentes miradas, nos ofrecen los detalles que pasan tantas veces desapercibidos. Sin embargo, Domingo Rivero, en el centro mismo del bullicio y de la música, permanece inalterable; acaso como para señalar su grata presencia. La magnífica escultura que lo inmortaliza refleja, en sus delicados detalles, sus versos y su palabra única. Y esa mirada que lo escudriña todo. Por eso Domingo Rivero se merece un homenaje anual, un premio literario que lo mantenga aún más vivo y una ciudad agradecida que demuestre, con hechos vivos y sinceros, que sabe recordar a los suyos. No podemos disimular más: si miramos con detenimiento, nos tropezaremos con variadas páginas que conforman la Historia de Arucas.
Y Domingo Rivero ocupa una muy importante, ahora que su Museo, abajo, en la capital, ha entrado en el silencio. De momento.




























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