La nube de las diez y veinticinco de la mañana fue puntual a la cita.
Y se ubicó, en la lejanía, en medio de las casas y entre dos palmeras que lucían como si de un marco se tratase. Allí permaneció, acompañando al azul del cielo, un tiempo, como para ejercer de contraste en un imaginario cuadro. Era ciertamente tímida, porque no quiso ser más grande. Tenía muy claro la nube que su presencia en el día era para iluminar más y no para ocultar. Después de los días grises y lluviosos, la nube sabía que viviría apenas un instante y que luego se difuminaría en el lienzo de la mañana. Sin embargo, empeñada estaba en dar un toque especial: su tono azulado y blanco hablaba de un tiempo infantil donde la alegría y los juegos eran lo primordial. Sí, sí: esta nube infantil lo tenía muy claro. De ahí su timidez azulada y lejana, y su nota de color en el conjunto de la mañana que se estiraba lenta en el sábado de aquel diciembre.
Eso es: la luz que a nuestro lado camina. Y nos rodea.






























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