Al final del sendero, el árbol.
Y para llegar a él un camino que se convierte en vereda, por donde la vida pasa en tono añil y donde unas ligeras nubes, apenas esbozadas, ocupan el espacio en el lienzo del cielo. La luz, comprendimos entonces, invitaba a la contemplación y el silencio rendía homenaje a la lentitud y al color. En el ambiente se iba filtrando la luminosidad y la tonalidad del momento cobraba vida propia, como demostrando su afirmación en el mundo. Cuando nos dimos cuenta, comprendimos que la claridad y el resplandor fijaban nuestra mirada.
Y verificamos en ese instante que la luz que nos rodea es un personaje más que a nuestro lado camina. Y, en ocasiones, lo hace por estrechos vericuetos con el fin de que notemos su grata presencia.
Y lo consigue siempre.





























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