Leer en el parque, donde el tibio sol de la mañana de domingo primaveral, es un lugar casi perfecto. La lectora no percibe el ruido exterior de la chiquillería y muy de tarde en tarde levanta la vista del papel. Está leyendo “Patria”, de Aramburu, y se le nota que la historia la tiene atrapada. Por eso apenas percibe lo que sucede a su alrededor. Como debe ser. Leer en el parque es una suerte. Luego, en la terraza cercana dará cuenta de su acostumbrado cortado mañanero; por la tarde le hace daño. Caminará un rato hasta su casa, despacio, aunque está un poco lejos. “Ya voy corriendo el resto de la semana”. En el camino de regreso, la novela bulle en su cabeza y se pregunta qué pasará a continuación. Sin embargo, no precipita su lectura: como le gusta mucho, lee despacio. Así sobrevive al ruido exterior.






























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