La ciudad, un sábado por la tarde, parece descansar del mundanal ruido de coches, prisas y gente.
Entonces se produce el milagro cotidiano de descubrir la calle y ver, desde una actitud omnisciente, su verdadero andamiaje: el mismo que no percibimos cuando el trajín diario nos engulle en el ruidoso tráfico. Ha bastado que el sol vespertino, con sus alargadas sombras, proyectara unas líneas en el asfalto, como si fueran los puntos de fuga de la perspectiva, para hacernos ver que la ciudad también disfruta de momentos tranquilos, donde los edificios se materializan y las ventanas se convierten en los ojos de sus habitantes. Y nos percatamos del vecino en cuanto la sombra va tomando cuerpo: este mundo fantástico, bordado en luz y sombra, se convierte en real. Ya solo faltan las flores del camino de Juan Ramón Jiménez.
Y verificamos que la magia ocupa senderos que ni siquiera habíamos imaginado.





























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