“No me quedó más remedio: o me disfrazaba o no volvería a verla. No tenía otra opción; así que aquella mañana de febrero puse manos a la obra. Nunca había sido tan invisible ante sus ojos. Yo la miraba pero ella a mí ni siquiera me dedicaba un segundo. Y no comprendí por qué con el disfraz de aquel año me sostenía la mirada al menos unos instantes, eternos para mí. Ella, con su pequeña hija, sonreía desde la acera. Y al volver la cabeza, seguía estando allí, como el dinosaurio en la habitación de Monterroso. Luego, en el parque, donde el desfile terminaba, la vi en una esquina mientras su hija bailaba con sus amigas. Me acerqué, la saludé. Me miró, esbozó una leve sonrisa hasta que el rostro se le demudó al ver a su ex. Hice mutis por el foro, pero antes de abandonar la plaza me invitó, visiblemente nerviosa, a un cortado en el bar de la esquina.”






























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