No perdía la costumbre.
Aprovechó aquel día de azul intenso y tranquilo para sentarse en la arena vacía y limpia. “Soy el dueño del mar”, pensaba mientras su caña enfilaba, con auténtica destreza de marino avezado, el camino de las tranquilas olas en su eterno vaivén. Hoy el día es único y la luminosidad se ha adueñado del barrio entero, donde en la lejanía el ruidoso tráfico coloca su recurrente nota de realidad. El dueño del mar solo escuchaba el sonido del agua en la orilla y, en esa atmósfera armoniosa, danzaba en su rutina diaria con las voces lejanas de la coqueta avenida. No podía dejar de contemplar la luz que lo envolvía: intensa, clara, azulina. El final del verano le había regalado una vez más un instante distinto y distante. Y el pescador, en la tranquilidad de su vida, pedía a Dios no perder nunca los ojos: esas dos ventanas abiertas a los matices que configuran las líneas del horizonte, solo interrumpidas por algunos barcos apostados en la bahía grande, como adornando el matiz esplendoroso de aquel día añil.
Y el dueño del mar disfrutaba el mágico momento en el futuro cercano.



























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