Promesas irresolutas de cultura política y discapacidad
De incalificables errores, producto de una falta de prevención significativa, viene un malestar generalizado de los que entienden de un compromiso real con el colectivo de discapacidad en España. Se incumplen normas de un raciocinio insultante, categóricamente sabedores de las leyes que competen a una normativa vigente, los edificios carecen de idoneidad suficiente para solventar trastornos cotidianos de movilidad, accesibilidad y supervivencia vital, es decir, atenuantes indignas que lejos de prevalecer en la actualidad, siguen estando presentes en nuestros edificios comunitarios. Rampas pronunciadas cuándo las hay, ascensores minúsculos en los cuales no cabe una simple silla de ruedas de un menor, escaleras con peldaños ostensiblemente altos y estrechos donde la adaptabilidad es un fraude más a sumar en la larga lista de irresponsabilidades de gobiernos municipales, autonómicos o ministerios competentes.
Lamentable situación la que personas con una gran discapacidad sufren en nuestras ciudades, pueblos y provincias; personas a las que se le niega la posibilidad de vivir decentemente, salir a tomar el aire o que el sol les acaricie la piel con la suavidad que se merecen, ciudadanos y ciudadanas con los mismos derechos y obligaciones que los demás pero no con las mismas necesidades a las que la rutina de sentirse enjaulados en sus hogares les provoca depresión, angustia, degeneración psíquica, física y familiar a las que una sociedad democrática como la nuestra debe poner remedio. Pero sin embargo, las cuestiones en la cultura política van por otro lado y otorgan favores a quién no los merece y da dispensas a quienes después se lucran d ellas en su propio beneficio.
Y es que es a partir del conocimiento de los valores, creencias, costumbres y conductas de los ciudadanos como podemos llegar a tener la posibilidad de construir y de garantizar la solidez y permanencia de un sistema democrático; porque la realidad objetiva y pragmática se observa desde la parte baja de la sociedad, vivimos en un país en que la cultura política parece estar separada del ámbito ciudadano. Se gobierna para el pueblo, pero sin el pueblo, llamando su atención cada cuatro años para valerse de unos momentos de efusividad lingüística, promesas inalcanzables repletas de indignante palabrería que ni la propia clase política se cree y dinamizan en poco tiempo la premisa de ser los que traerán el progreso, el equilibrio y la solución a los graves problemas sociales que durante cuatro años no supieron legislar los que en su día ganaron la confianza del ciudadano.
Una batalla ruinosa, cargada de humo, repleta de promesas e infectada de cinismo que, a pesar de todo, el talante pacifico, conciliador, sobrio en sus reflexiones y categóricamente merecedor de un Estado de Bienestar como es España y sus habitantes merecen. Somos parte interviniente en el proceso de regeneración de la cultura política en nuestro país, no tan solo una papeleta en una urna en cada ocasión que se precise acatar las normas de nuestra Constitución; la participación ciudadana es imprescindible para acallar voces, acatar normas o reprimir desde su decisión y derecho electoral de forma pacífica a aquellos que tratan de que su cultura política prevalezca sobre el sentido común; ebrios de ideologías obsoletas con las mochilas del desagravio atiborradas de extremismos.






























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