“Mi madre siempre lo repetía: este hijo mío va a tener mala cabeza”. Y cada vez que contemplaba una fachada bonita, veía mi cara allí reflejada. Eso me decía. Nunca supe el porqué de la relación entre ambas. Tal vez por lo fuerte y lo dura que pudieran ser y, sobre todo, por su impenetrabilidad. Pero le estaba atribuyendo a mi madre demasiadas interpretaciones espirituales cuando apenas sabía escribir su nombre y firmar. Esos sí: leía perfectamente, aunque no lo practicara; le encantaban las revistas donde la imagen era objetivo preferente. Para miserias ya había tenido bastante. Así que le entusiasmaban las revistas de chismes de reyes y princesas y actrices de moda. En el momento de leer y mirar, mi madre se abstraía y ya pudieran cantar misa a su lado que ni se inmutaba. Pero a mí lo que me preocupaba era lo de “mi mala cabeza”. Total, si el desfalco en el que participé solo fue de tres millones de pesetas.”






























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