“Cada tarde, y cada mañana también, me asomaba al balcón. Esperaba encontrarte en la esquina donde solías esperar. Pero te habías desvanecido después de nuestra última discusión. Ya sé que no podías con mi padre, que lo controlaba todo. Ya sé que considerabas que yo era una cobarde, sin fuerzas para batallar y con la capacidad crítica disminuida. ¡Y qué querías! Fui educada en la obediencia y para ser solo ama de casa. ¡Y con el temor de Dios a cuestas! No podía cambiar en apenas unos meses. Y tú andabas como desesperado. Digo yo que un poco de paciencia te hubiera venido bien. Pero tus impulsos repentinos y tus cabreos sonoros lo estropearon todo. Si ya mi padre desconfiaba de ti, cuando le dijiste aquello fue el acabose. Y, aquí, en la soledad del balcón te busco cada tarde, cada mañana, pero tu sombra ni siquiera se adivina. Y yo, triste y desconsolada, me veo vistiendo santos y rezando rosarios con mi madre y mi tía. A pesar de la luminosidad de este día de abril en que vivo, nunca me lo contaste”.






























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