
Breve soplo, ósculo glacial, cual súbita galerna,
azota mis pómulos con su gélida presencia.
Ardor de furia en su mirada el que a mi ánimo abrasa,
y un siroco repentino, su hálito, me desata.
La calima seca y áspera de su gesto, me mata.
El eco airado de su voz cual pétreo terral
escupe desdén con sutil ínfula tramontana
con la potencia y sin escrúpulos de un vendaval.
Y yo quedo cual cierzo, cáustico, árido, aterido
porque no hallo en esta tierra céfiro más hermoso
que me brinde la frescura del ábrego glorioso
por los que de la bella y cándida Rosa he bebido.
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