“El payaso llegó al pueblo un sábado por la mañana. En el mismo furgón en que se trasladaba tenía montado el escenario. Siempre había soñado con actuar en un teatro de verdad o en un viejo cine y poder llenar todas las butacas: arriba y abajo. Ese era su sueño. Sin embargo, las plazas públicas tenían también su encanto: los niños desprendían más libertad en su naturalidad constante y los padres mostraban su complicidad y participación. Así que a las once de la mañana, en un día gris que amenazaba lluvia, comenzó su actuación. A la hora y cuarto estaba exhausto y contento: había logrado levantar del suelo los pesados pies de los padres que con sus hijos al lado participaron en los bailes y en las canciones. Y eso para el payaso significaba todo un éxito, una aventura jamás soñada. Luego, las fotos de rigor donde los chiquillos lo miraban como un nuevo amigo.
Emprendió la marcha en el furgón-teatro y el payaso, con una sonrisa inmensa, saludaba y agradecía el acompañamiento.”






























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