Zocos de conocimiento enmascarado
Nos estamos privando en un momento único de nuestra trayectoria democrática de barrer la suciedad degenerativa de cierta parte de la clase política, limpiar con detergente la mancha de indignidad de los y las que se sintieron privilegiadas y merecedoras de un regalo sin conocimiento para el conocimiento.
Ya no es una sospecha lo sucedido en el Instituto de Derecho Público (IDP) de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) de Madrid, es una realidad tan palpable como cierta que tras la aparición de detalles imputables a algunos representantes públicos de alta responsabilidad, una trama venida a destruir la aparición de nuevos culpables de ser lo que no son salga a escena, con la resolutiva misión de destruir toda la documentación posible; vamos, al estilo del famoso reseteo de los ordenadores en Génova de hace unos años, aunque esta vez sin martillazos, pero sí con alevosía, presunta malversación de caudales o hasta nocturnidad, pues llegado el momento todo podría ser presumible.
Triste querer aparentar lo que no se es, tratar de engañarse a sí mismo es lo peor que puede pasarle a una persona que se diga digna, no ser crítico con tus valores personales y con ello transmitir una imagen falsa es resaltar la impotencia por amasar cuantos títulos, diplomas o master sean suficientes con la única ambición de aparecer en escena como él o la que más, sin sospechar el ridículo en el cual se puede incurrir al levantarse el telón de la opacidad en un escenario repleto de enemistades.
Toda esta avalancha de información en la que los y las periodistas han hecho su trabajo de manera leal a su prestigio nos da una ligera idea de por dónde vienen los peligros. Y es que la política nunca fue leal con sus intérpretes, una ciencia maliciosa, nacida para edulcorar el ambiente social y tras asentarse en el núcleo del mismo, manipular el alimento de sus necesidades; nunca podrá ser un lugar limpio de tramas, estrategias y traiciones. El regalo que está en juego por encima del dinero y la fama es el poder, la única arma capaz de someter al antojo del que somete todo aquello que le revierta satisfacción propia; lo del partidismo, ideología o similares sinónimos y definiciones son solo argumentos de su cotidianeidad falsos de veracidad en sus orígenes y sin intenciones sinceras en el futuro. La ambigüedad de la política da resultados óptimos a quién esté en el poder supremo de un país, en la cúspide del éxito e inmune a la observancia inquisitiva del resto.
El analfabetismo no es algo a tener en cuenta a la hora de asumir la oferta del liderazgo en algunos países del mundo, en el nuestro sin ser así, cae por todo lo contrario en el craso error del fanatismo por rellenar hojas de un expediente curricular mal calculado al final si se pretende aspirar a un puesto de supremacía dentro de la clase política; uno de los estudios y conocimientos que resultarían más satisfactorios a la hora de enfrentarse a los opositores a la causa es tener una carrera universitaria en la que la psicología fuese la reina, la sociología el anfitrión y el derecho un buen caldo para regar el banquete de un poder bien protegido; si además tenemos postre, este consistiría en una buena ración de votos.
Toda una reflexión cercana a una voraz utopía, al fin y al cabo, la cuenta siempre la pagará la ciudadanía aunque el mercadeo signifique la demagogia exagerada de los que nada dicen más allá de sus propios intereses agarrándose a sus carteras o intentando sustraerlas, según el lugar en el que se asienten durante la ceremonia política.



























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