La debacle de un claustro ciego
Estamos atravesando un periodo de transición ideológica claramente nefasto para la democracia, unas manifestaciones desafortunadas que dañan el arquetipo de la información periodística y amenazan con volcaren el núcleo de la sociedad un estereotipo incontrolado que supone construir la idea de que toda la élite política de España es igual. Salen a la palestra movilizaciones partidistas confabuladas en un esfuerzo análogo de los diferentes pensamientos con la única propuesta de banalizar al contrario en cualquier caso de novedad periodística que saca en sus medios de difusión sus armas democráticas repletas de cargas a diestro y siniestro, en la inmensa mayoría de las ocasiones con fundamentos suficientes para cobrar identidad jurídica.
La fórmula de la verdad ha venido a derramarse sobre expedientes oscuros, carentes de fundamentos en su envoltura y repletos de difusa apropiación en situaciones de un favoritismo exasperante. No es que las redacciones de los periódicos se hayan convertido en el oráculo de la sapiencia, es que como suele ocurrir con el miedo, lo imprevisible o impredecible ha salido a la luz una vez llegada la sospechosa imagen de un presunto responsable público que gozó de los parabienes producto de su relevancia política.
La irresponsabilidad ha llegado a sacudir los muros de una de las universidades más carismáticas de nuestro sistema educativo; la docencia se ha permitido el lujo de maniobrar presuntamente una nave que se les hizo demasiado grande cuando un golpe de mar, venido de un redactor avispado, hizo zozobrar una fructífera travesía por las costas de la ilegalidad. En definitiva, lo que antes hicieron unos y ahora incoherentemente se jactan por haber sufrido en sus propias carnes, ahora los otros interpretan su propia partitura con una cancioncilla de mentiras con estribillos mal pensantes que nos están haciendo desconfiar de todo lo que suene a política.
Pero no todos ni todas son iguales, los habrá que hayan hecho de sus estudios doctrina, quienes esforzándose tanto económica como física y psicológicamente han logrado el éxito de acabar un máster del que ahora muchos recelan. Costará limpiar la impoluta imagen de una universidad infectada por el virus del poder; un nuevo plantel de profesionales que sepan acometer con la honestidad y honradez que nuestra cultura merece la renovación de su imagen representativa y el reintegro de su valor como espacio generador de conocimiento.
Los biorritmos de la casta política corren serio peligro de acabar con la paciencia de una sociedad harta de tanta melodía sospechosa. Una sociedad que no aguanta más noticias independentistas, ni más confabulaciones partidistas y aspira a encontrar un puesto de trabajo, un salario digno, una educación y sanidad acorde con el progreso del país en el que viven y una solución a la crisis migratoria que nos haga comprender la necesidad de que todos sumamos, menos las notas de unos presuntos máster regalados.




























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