Esperanzas vanas
Hace unos días, mientras escuchaba la radio en la madrugada, interrumpieron la programación para dar una noticia de alcance. De esas que modifican el correspondiente guion. Se trataba, para alborozo de quien la suspendía, del anuncio del presidente de la comisión europea, ese señor de dilatadas sobremesas. Tal, vino a decir que la comisión, que él preside, iba a recomendar no continuar con los cambios en el horario de invierno y verano. Pensé, por la manera de contarlo, que todo estaba decidido. A partir de ese momento, los comentarios tomaron tales derroteros, la cuestión se daba por zanjada. Incluso, comenzaron las apariciones de especialistas en relación con tal asunto. Nada que ver con los relojes; sí, con la influencia de tales cambios.
Intervinieron personas especializadas en la cuestión energética. Quienes, merced a sesudos estudios, se referían a si se producía o no ahorro alguno en dicha factura. Aquí, como en los toros, división de opiniones. Eso sí, no sé si por azar, o porque así se procuró, primaban quienes se referían al escaso influjo de la medida en tales ahorros. Vamos, que daba igual encender las luces antes que después, que al fin y al cabo las luces continuarían encendidas el tiempo preciso. Dicho de otro modo, el consumo de energía iba a ser parecido, sin ventajas que permitiesen pensar que el cambio resultase exitoso.
El otro lado del cambio, no sé si el as o el envés, se relacionaba con el influjo sobre las personas. Más concretamente, sobre los cambios fisiológicos que se iban a operar merced a tales ajustes horarios. Así nos contaron que, en esos casos, nadie había hecho mención al gasto farmacéutico. En determinados rangos de edad, primera y última época de la vida, parecen tener mayor trascendencia. Cierto es que, porque el tiempo de la noticia es limitado o porque las certezas no opacan a las dudas, tampoco arrojaron mucha luz sobre el asunto, valga la ironía. Sí que nos decían de esos cambios, breves en el tiempo y a los que nos acabamos adaptando, que mantienen similitudes a los acaecidos con ocasión de un viaje de larga distancia, donde el avión atraviesa varios husos horarios, que acaban influyendo en los usos y costumbres del personal.
Transcurrido el tiempo, de ello se trataba, nos quedamos con la magua. No solo porque, aquello que se dio por un hecho constatable, quedó en una mera conjetura. Que lo expresado con tanto ímpetu, por ese señor de Luxemburgo que pareció querer estrangular a de Guindos, no era sino una mera recomendación al Parlamento Europeo. Órgano, según parece, competente para adoptar esa u otra medida similar. Habrá, por lo tanto, que aguardar la decisión de dicho estamento europeo, para poder saber si la medida es una realidad o una mera especulación, otra de tantas.
El asunto, cómo no iba a ser así, también tuvo su impronta en España. El presidente del gobierno, se hizo eco de ello. Algún que otro miembro de aquel, se animó e hizo sus pinitos expresivos en los medios. En resumidas cuentas, para no excederme con tales hechos, el señor Sánchez se refirió a la creación de un comité de expertos para abordar dichos cambios. Y la primera de las dudas, que también generase alguna polémica, se centraba en cuál de los horarios iba a permanecer en el tiempo. Y de ahí, motivo también de controversia, la conveniencia o no de conservar el huso horario de Alemania, ahora que vamos a sacar al dictador del espacio de honor que ocupa. En este punto, para participar del ágape, aparece el señor Clavijo, contrario en gran medida a que se solapen los husos horarios de la península y el Archipiélago.
Pues eso, que a pesar de lo vano de la esperanza, vamos a tener un motivo con el que obviar de nuestras conversaciones todo lo que resulte relevante. Que de eso se trata.




























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