Arucas: cóncava y convexa (1)

Juan FERRERA GIL Miércoles, 05 de Septiembre de 2018 Tiempo de lectura:


Hablar de Arucas es difícil: lo cercano es complicado. La vecindad impone lo suyo. Sin embargo, nuestro deseo es llevarles por un tiempo que ya no existe y por unos lugares que, hoy, siendo los mismos, son totalmente diferentes. Más que nada porque la inexorabilidad del tiempo es una marca y una entidad. Por eso vamos a intentar hablar de Arucas. Y todo tiene un principio.


El Terreroarucas

Es la ciudad en la que nací y en la que vivo. Primero, en la calle del Terrero, que siempre se llamó Juan de Dios Martín y que siempre será el Terrero, en una casa húmeda donde los bichos y los ciempiés traían de cabeza a mi madre; y el médico siempre le recomendaba que saliera todo lo que pudiera con sus pequeños hijos para evitar en lo posible aquellas humedades malsanas. Era la calle larga y llena de gente.La magia de aquel tiempo adquiría la forma de los carteles cinematográficos en los que imaginábamos, en apenas una mirada rápida, el argumento de la película, casi siempre censurada. La pantalla del cine nos sacaba de la rutina y nos ponía la vida en color. La capital, por entonces, quedaba un poco lejos: nada más y nada menos que a 17 kilómetros. Las tiendas y los bares, y el viejo cuartel de la Guardia Civil, la convertían en un espacio muy animado, siempre bullicioso y casi frenético: apenas unos cuantos coches interrumpían el ritmo cadencioso del lugar. Y las puertas de las casas, permanentemente abiertas.

Más tarde nos trasladamos a la calle de Los López, a un edificio de dos plantas, y nos instalamos en el piso superior, que disponía de azotea: todo un lujo para nuestras infantiles miradas. ¡La primera azotea! Era una casita pequeña, amañada, y en nuestra infancia la azotea era poco menos que un campo de fútbol. Y cuando nos visitaba mi tío Seíto, de Las Palmas, ¡oh, milagro!, jugaba con mi hermano y conmigo a la pelota. En el piso bajo vivía mi tía Ana, hermana de mi madre, y su marido, José Almeida Marrero, chófer de AICASA, los antiguos y desaparecidos coches de hora. Era José Almeida un tipo que a mí me recordaba a John Wayne; con su sombrero y su puro habano que, después de almorzar, encendía recién salía de su casa para el turno de la tarde: iba a Cardones en el desvencijado coche de hora y a la vuelta seguía con el puro habano entre sus manos: parecía eterno. Además, era un excelente lector de novelas del oeste, y su vocabulario tenía, que en mi niñez, junto con las películas, estaban muy de moda. Tal es así que en muchas ocasiones en los tres cines que había en nuestra ciudad proyectaban a la vez una del oeste, donde los indios, como siempre, salían malparados con sus permanentes aullidos y gritos de guerra.

La magia de aquel tiempo adquiría la forma de los carteles cinematográficos en los que imaginábamos, en apenas una mirada rápida, el argumento de la película, casi siempre censurada. La pantalla del cine nos sacaba de la rutina y nos ponía la vida en color. La capital, por entonces, quedaba un poco lejos: nada más y nada menos que a 17 kilómetros.

Parque de san Juan

Así que la infancia transcurrió entre la calle del Terrero, la calle de Los López, la antigua OJE, con su campo de tierra colorada, donde se practicaba balonmano, y más tarde también lucha canaria, …el Parque de San Juan, que siempre lo llaman Plaza de San Juan y que siempre será el Parque de San Juan, donde correteábamos y jugábamos a calimbre, a payoyo y a las chapas y, durante las fiestas, se convertía en cancha de balonmano o de hockey sobre patines. ¡Casi nada!y el colegio de La Salle, adonde íbamos a jugar al fútbol en aquel campo de tierra; bueno, antes todos los campos eran de tierra; lo penoso es que todavía siguen existiendo, aunque cada vez menos. Y, por supuesto, el Parque de San Juan, que siempre lo llaman Plaza de San Juan y que siempre será el Parque de San Juan, donde correteábamos y jugábamos a calimbre, a payoyo y a las chapas y, durante las fiestas, se convertía en cancha de balonmano o de hockey sobre patines. ¡Casi nada! En el parque, cuando la tarde-noche, esperábamos a Gustavo y a su hermano Nito, apreciados amigos de la infancia, para jugar al fútbol con las chapas; ellos estudiaban en un instituto de Las Palmas y, en mi niñez, aquello me parecía rarísimo. Bueno, la cuestión es que después echábamos unos partidos impresionantes.

Unos espacios donde jugamos y crecimos y que el tiempo nos ha ido escondiendo: ya solo viven en nuestra memoria; en las vidas particulares de los que lo conocieron y lo disfrutaron. Sin embargo, ahí siguen, como testigos eternos de vidas anónimas en las que el paisaje y el paisanaje se funden para proyectarse en la Historia anónima de nuestra ciudad. La Intrahistoria, como la denominó Unamuno.

(Continuará)


Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.47

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.