Aunque el día estaba soleado, no llegaba a calentar en el mediodía de Valleseco.
Sin embargo, las centenarias fachadas, eso, al menos, pensé yo, se precipitaron ante la mirada inquieta. Y cogí la cámara antes de que el sol huyera a la otra esquina. Es Valleseco un lugar privilegiado, donde la lentitud aparente es solo una forma de vivir y de afrontar las dificultades del camino. Y cuando el sol se haya diluido en la tarde de otoño, que ya comienza a enfriar, Valleseco seguirá acogiendo a todo aquel que se detenga en sus calles.





























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