Siempre hay un ojo ajeno a nuestra voluntad que vigila nuestra pantalla

Opinion

juanantoniosanchez2014buenaComo sociedad no podemos aceptar la vulneración de nuestra privacidad por parte de las grandes empresas líderes en interacción social tecnológica. El quebranto constante de nuestros derechos de intimidad, nuestra ubicación o lo peculiar y especifico de los datos personales más importantes son evidentemente contrastados con el manejo de las aplicaciones que a diario usamos para comunicarnos. Probablemente el proverbio que define mejor esta situación es aquél que dice “soy esclavo de mis palabras y dueño de mis silencios” es decir, que cuánto callo solo yo tengo primacía sobre decidir si lo hago público o sencillamente, lo guardo para mí o los míos, inyectando en la red aquellos datos que no alteren esa privacidad que mantengo protegida de riesgos innecesarios.

Esas ventajas con las que cuentan las mafias que promocionan en las redes sus armas más sofisticadas hacen de nuestras vidas un objeto de contrastada manipulación con la mala fe como argumento y unos pingües beneficios para las compañías que sostienen tal profusión de información rayana en la ilegalidad.

El menosprecio a la intimidad es una herramienta de primera necesidad para las empresas en las redes, manipulando a su antojo cualquier dato que les parezca objetivo para lograr sus intereses promocionales y vendiendo al mejor postor la información requerida, previo pago de acuerdos y pactos con la utilización de intermediarios. Estamos en una época de la vida difícil de manejar, somos una sociedad peligrosa, fácil de atacar y proclive al manejo del populismo y el hostigamiento de las redes sociales.

Lo singular de cada persona se somete a un calibrado protocolo de investigación, una inspección de datos que van íntegramente destinados a cubrir las necesidades de determinados sectores empresariales a los que nada impide visualizarlos con total tranquilidad. Departamentos de Recursos Humanos de multitud de empresas atienden un muro de Facebook, un espacio de Twitter o unas fotografías de Instagram para descartar posibles candidatos o candidatas a un determinado puesto de trabajo. Algo realmente miserable por estos que se surten de datos muchas veces erróneos para cubrir una dinámica en ocasiones vulnerada por el nepotismo confirmado de sus argumentos banales; es decir, visualizar de un vistazo un expediente curricular repleto de conocimientos por una nota usada en u medio de interacción social tecnológica. Fotografías trucadas y fechas de nacimiento sin sentido capacitan a algunos departamentos empresariales a desechar la cualificación sometiéndola a la calificación de una fotografía espontanea de unas vacaciones estivales.

Somos los que integramos esta sociedad quienes debemos poner freno al libertinaje con el cual las empresas en las redes acechan nuestra privacidad; igualmente, una buena educación a tiempo suprimirá el rango de riesgo a los más vulnerables y hará más seguro el tráfico en la red. Tenemos que aprender a ser nosotros y nosotras mismas los que subamos a las redes una noticia que nos afecta sea alegre, triste o insostenible, al igual que no manejar una falsa identidad que solo atraerá un número de seguidores emotivos a una imagen falsa.

Aprendamos a ser como los demás deben vernos, con nuestros defectos y nuestras virtudes, con nuestra propia y personal belleza que en nada debe envidiar a una imagen físicamente atractiva. Estar bien con una o uno mismo es estarlo con el resto de la sociedad, de ella depende aceptarnos o despreciarnos, ella sola es la que pierde o gana con su inmisericorde visión.


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