El pequeño árbol, joven, descansa apoyado en el viejo muro bicentenario.
Antes ocupaba su lugar un Laurel de Indias que pasó a mejor vida. Desde hace unos años, el joven árbol cuenta con el apoyo de la fachada, que lo sostiene en su andadura y con la que conversa en las mañanas que se despiertan en el dulce otoño. Tiene mucho que aprender el árbol. Y en ello está. Dentro de un tiempo, será él quien explique a los transeúntes lo que se esconde tras la vetusta pared. Y posiblemente logre desentrañar el misterio que se esconde en los ventanucos que a su lado moran.
Pero ha de transcurrir el tiempo.






























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