Las dos palmeras en todo su esplendor no solo dan empaque a la calle sino que, además, la convierte en única. Si miran, inteligentes lectores, con atención, podrán descubrir que la sombra del fondo es otra palmera que dulcifica el edificio que nos indica el final.
Armonía.
Claro que tampoco podemos obviar el luminoso día: envuelve todo el conjunto.
Las calles, siempre las mismas y siempre distintas, se asemejan al mar que nos une. Si somos capaces de distinguir las diferentes y particulares visiones que el Atlántico nos ofrece de sí mismo, también lo seremos de admirar nuestras queridas calles.
Solo hay que proponérselo.
Digo yo.






























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