Banderas, España, avión presidencial

Opinion

nicolasguerra2018buenaMe fijé anteayer con detenimiento en un escaparate: algo tenía que me llamó la atención. Fue el anuncio de una firma española relacionada con ropa para adultos. Tras la primera línea del texto (“¿Una Nación?: España”), la segunda dice “¿Una marca?...”. Continúa con el nombre de la misma y acaba: “Orgullosamente españoles”. Debajo, de un extremo a otro, la bandera española.

Este despliegue –muy logrado como mensaje publicitario- invita desde la inconsciencia a una conclusión: la marca comercial publicitada y España se identifican plenamente

Este despliegue –muy logrado como mensaje publicitario- invita desde la inconsciencia a una conclusión: la marca comercial publicitada y España se identifican plenamente, son la misma cosa a pesar de que ambas nada tienen que ver una con otra, pues para sentir el orgullo de la españolidad no necesariamente deben vestirse tales prendas. Ni tan siquiera son uniformes oficiales (distintivo de la bandera en la manga izquierda, por ejemplo, cuya obligatoriedad para los profesionales del Cuerpo Nacional de Policía está fuera de toda discusión... salvo casos de estrategias). No obstante, la idea de la interconexión fluyó como de fuente nada serena.

Las banderas, realmente, solo son trozos de tela cromáticamente combinados. Y sus colores nada tienen que ver con el país que las usa cual enseña nacional.

Así, según la astucia comercial de la empresa, si alguien quiere exteriorizar la satisfacción de ser español debe usar su ropa. Pero fríamente analizado hay algo desestabilizador: el patrimonio nacional que representa la bandera -el artículo 4 de la Constitución la define como “La bandera de España”- se utiliza como reclamo comercial de una empresa privada. (Legítimamente, claro.)

abanicosorayaLas banderas, realmente, solo son trozos de tela cromáticamente combinados. Y sus colores nada tienen que ver con el país que las usa cual enseña nacional. Es más: los tonos actuales pudieron haber sido otros en sus orígenes o, incluso, durante momentos concretos. La bandera de la II República, por ejemplo, no responde a la distribución cromática de la actual. No obstante colgó en edificios públicos durante años; se izó en París (Exposición Internacional de 1937) y recibió honores militares porque simbolizó ideas, entidades, condiciones y democratización. Tal le sucede a la bicolor actual sin el águila, su compañía desde 1936 hasta bien entrados los ochenta.

Eso es el símbolo: la representación material de algo espiritual, como es la lorquiana “vara de mimbre” (‘libertad’) que lleva el gitano Antonio Torres Heredia en “Prendimiento de Antoñito el Camborio”. (Cuando es detenido por la Guardia Civil “viene sin vara de mimbre”.) O “el Salmo” de León Felipe (“¡El poeta lo rescata, se lo lleva!”), identificado con la Poesía. El espejo representa para Antonio Machado la introspección, la búsqueda dentro de su alma. El galdense Sebastián Monzón usa el ciprés (“Aquel recio ciprés”) para cantar el fallecimiento de Antonio Padrón: lo convierte en centinela, pregonero de su muerte, consolar de compañero. “Surtidor de sombra y sueño” lo llama Gerardo Diego.

Por tanto, si el PP pierde, también pierde España... porque ganan otros. Lo cual, en román paladino, quizás signifique algo más contundente: nosotros, solo nosotros, somos la España victoriosa.

Y como seguí con interés el inicio de la convención pepera para la elección de su nuevo presidente, me había quedado también con otra imagen: el despliegue de una inmensa bandera española inmediatamente después de que el señor Rajoy acabara su discurso (eché de menos invitaciones a la reflexión sobre desacertados comportamientos -económicos, autoritarios, prepotentes, antisociales, de orden público...-).

Al día siguiente la señora Sáenz de Santamaría, candidata a la presidencia del PP, muestra durante su intervención un abanico con la bandera española a lo largo de la parte superior (no es la constitucional, le falta el escudo). Y lo abre con parsimonia, tensión emocional y dureza en la mirada: “Nuestros principios y nuestros valores están en cada una de las varillas del abanico [...] que son el armazón común de nuestro proyecto político”. (Muy pocos aplausos. La cosa ya estaba decidida a favor del señor Casado. ¿Para qué, entonces, la mayoría absoluta otorgada por los afiliados a la señora Sáenz de Santamaría? )

En definitiva: la bandera -símbolo nacional- ni es propiedad de los partidos políticos ni conviene que figure en transacciones comerciales. Pertenece a la colectividad y, por tanto, tal vez deba ser monopolio del Estado.

Durante una convención anterior (Sevilla) dos años atrás, también hay despliegue de la enseña nacional en medio del discurso del señor Rajoy. Pero además, de sus mensajes se deduce la simbiosis España – Partido Popular: ““Cuando gana el PP gana España”. Por tanto, si el PP pierde, también pierde España... porque ganan otros. Lo cual, en román paladino, quizás signifique algo más contundente: nosotros, solo nosotros, somos la España victoriosa.

Aprovechó la oportunidad para zaherir a Ciudadanos ("inexpertos lenguaraces que no gobiernan"), contrincante ideológico revestido también con frecuencia de la bandera española y, meses antes, aliado y amigo del alma, pues sus raíces nacieron y crecieron en el seno del PP. A ellos les dirigió parte de su discurso. (Por cierto: el apóstrofo –‘signo ortográfico auxiliar en forma de coma alta’- es ajeno al español actual en casos como C’s, abreviatura de Ciudadanos en algunos documentos. El catalán sí lo admite. Y las siglas no pluralizan: “las ONG”.)

Por tanto, si el PP pierde, también pierde España... porque ganan otros. Lo cual, en román paladino, quizás signifique algo más contundente: nosotros, solo nosotros, somos la España victoriosa.

En definitiva: la bandera -símbolo nacional- ni es propiedad de los partidos políticos ni conviene que figure en transacciones comerciales. Pertenece a la colectividad y, por tanto, tal vez deba ser monopolio del Estado. Como emblema vivo, activo y reconocible de un país solo debe identificarse con actos oficiales y sentimientos personales o colectivos ajenos a políticos y asociaciones políticas pues, a fin de cuentas, ambos no representan a la población total, sino a sectores.

Por cierto: la señora vicepresidenta justificó el viaje por la “agenda cultural nocturna”, como “Las noches de los museos”. Sanacas que son los demás, intuyó.

Y al Estado también pertenece el avión oficial que trasladó al señor presidente del Gobierno hasta Castellón para entrevistarse “informalmente” con el señor presidente de la Generalitat Valenciana y ser recibido por la señora alcaldesa. Y ya que la reunión duró poco –a fin de cuentas se ven con frecuencia, pues pertenecen al mismo partido político-, aprovechó el señor Sánchez para asistir con su mujer al concierto de The Killers.

Sin embargo la señora presidenta de Andalucía (PSOE) y los señores presidentes del País Vasco (PNV), Cataluña (JxC) y Galicia (PP) fueron recibidos en La Moncloa. ¿Por qué tal contraste? ¿Deferencia especial con el presidente valenciano para limar asperezas ante posicionamientos anteriores de este? ¿O, acaso, el “Ya que estamos aquí, podríamos...”? (Por cierto: la señora vicepresidenta justificó el viaje por la “agenda cultural nocturna”, como “Las noches de los museos”. Sanacas que son los demás, intuyó.)


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