La última voz Cuando abrió los ojos, a su alrededor, sólo habían sombras. Como si de un sueño se tratara, el eco de una voz resonó en su cabeza: Mister Disney, míster Disney, ¿me oye?
De pronto, como procedente de la profunda umbría de un bosque, le pareció escuchar una sonido lejano, muy familiar. No podía ser. Mickey ya no estaba allí. Había desaparecido, había sido abandonado, defenestrado, relegado al olvido entre tanto dibujo animado de diseño japonés con acción violenta.
Sin abrir los ojos su mano empezó a trazar líneas sobre folios en blanco. El monitor que controlaba sus constantes vitales reflejaba el agitado aceleramiento de su corazón resucitado.
Soy la voz, murmuró quedamente mientras su mano se dejaba arrastrar por una loca mecánica creativa que no paraba de garabatear cientos de trazos apenas reconocibles. De pronto, un ser de contornos muy alejados del entrañable ratoncillo nacido en blanco y negro surgió como por encanto mágico.
‘Quiero ser de nuevo la voz’ susurró justo antes de que el lapicero rodara de entre sus dedos para caer sobre la blanca sábana del hospital. El monitor cardíaco que controlaba el corazón de Walt Disney, enmudeció. Por segunda vez.
Meses más tarde, el mundo daría la bienvenida a un nuevo héroe infantil.




























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